Algo remarcable de los artículos de Pérez-Reverte es su decidida recomendación de los clásicos de la literatura. Desde Homero a Miguel Delibes, pasando por Alfonso X, Quevedo, Montaigne o los maestros del folletín decimonónico, empezando por Dumas. Repasando las últimas Patentes de corso, leo con satisfacción que se ha atrevido a recomendar uno de los libros más hermosos y complejos de la literatura universal: nada menos que la Biblia. Nótese bien que hablo de literatura; la teología se la dejo a los teólogos y a los creyentes que se interesen por semejantes quebraderos intelectuales. Hablo de un conjunto de textos redactados por multitud de manos en muy diversos tiempos que hablan de la historia, la política, las costumbres, los cantos, las fiestas, las leyes de un pueblo. Y de la conflictiva relación a vida o muerte que dicho pueblo entabló con lo que había llamado, entre otros nombres, Yahvé.
Es bueno insistir en este carácter literario de los escritos bíblicos, sin perjuicio del valor espiritual que tienen para los fieles de varias religiones, para quitarse el miedo a la hora de adentrarse en este mamotreto. Aunque aviso que yo lo he intentado y no es nada sencillo: si uno empieza por el principio, es decir, por el Génesis, encuentra tal cantidad de información genealógica, antropológica, mítica, tal variedad de estilos y relatos, repeticiones de ciertas historias con importantes cambios (acérquese el lector curioso a la historia de Adán y Eva y comprobará, al lado del famoso relato en el que Eva surge de un costado de Adán, que hay otro en el que ambos son creados a la par, ¿quién decide cuál es el más importante?), mezcla de verso y prosa, de ley con oración, que queda aplastado por la aparente inabarcabilidad del libro.
Pero no hay que dejarse asustar, y para no salir corriendo recomendaría un método de lectura: en primer lugar, hay que olvidar por completo la idea de que la Biblia puede leerse como una novela, es decir, empezando por la primera página y acabando por la última. Lo recomendable es ir picoteando de las partes más atractivas para familiarizarse con la diversidad de tonos y estilos. Cada libro del canon suele contar con una introducción de los editores, además de con numerosas notas, todo lo cual debe ser leído atentamente. Después de leer la introducción al Génesis, uno puede obviar buena parte del libro e irse directamente a la conocidísima historia de José y sus hermanos. De ahí podemos saltar al Cantar de los cantares, uno de los textos más sensualmente bellos de todos los tiempos, y al que siglos de doctrina católica no han logrado mitigar la poderosa carnalidad de sus imágenes. Después del amor la guerra, con las múltiples luchas tribales narradas en el libro de los Jueces. En las fiestas litúrgicas parece propio leer de primera mano las historias evangélicas en que están inspiradas, con la palabra rápida y acerada de Jesús. Además de la fe puesta a prueba de Job, el gobierno de David y su hijo Salomón, los variados cantos del salterio...
Además de proporcionar abundante noticia de la historia del pueblo de Israel, la Biblia es fundamental para el que quiera entender mínimamente la cultura europea. Desde los padres de la Iglesia y la escolástica medieval, la retórica y las imágenes bíblicas están muy presentes en todos los escritores de la cristiandad. Si uno ve cualquiera de las series norteamericanas que triunfan hoy, a menudo se verá asaltado por numerosas referencias al Libro. Reverte se hizo con un par de ejemplares de la versión editada por la Conferencia episcopal, aunque hay bastante donde elegir: desde el maravilloso castellano antiguo de la llamada Biblia del oso (esta es la versión protestante), hasta la exigencia crítica y filológica de la versión de Cantera- Burgos. Lo importante es tomar contacto con este fascinante documento, piedra angular de la cultura occidental.







