
Acabo de ver la temporada primera de Sons of Anarchy, trece episodios apasionantes que pronto se prolongarán en una segunda. Es sorprendente observar el inteligentísimo reciclaje al que se ha sometido la televisión estadounidense, invirtiendo el dinero y el esfuerzo no en programas chuscos, tocapelotas públicos a un paso de la oligofrenia, realitis inmundos o series destinadas al sector más acéfalo de los repetidores de

No siempre la apuesta sale bien: una serie de tanta calidad como Swingtown, acerca de la revolución sexual de los 70 (swingers: dícese de aquellas parejas que se dan a intercambios sexuales con otras) y realizada, según tengo entendido, en una cadena poco dada a tratar cuestiones semejantes, finalizó su primera temporada con unas cifras de audiencia más bien bajas, lo cual quitará a la cadena las ganas de meterse en otra aventura como ésa. Los experimentos en casa y con gaseosa. En Estados Unidos la criticaron precisamente por demasiado “setentera”, es decir, por ambientarla tal vez demasiado bien. Probablemente sean los mismos que cuando ven una película histórica se quejan de que en el

En un pueblo californiano, Charming, una banda de moteros, los Sons of Anarchy (SoA), se ocupa de mantenerlo seguro, sin tiroteos ni tráfico de drogas. Jackson “Jax” Teller (Charlie Hunnam), hijo de un fundador de la banda ya muerto, encuentra un manuscrito de su padre en el que cuenta cómo los SoA se desviaron de su propósito original: de un ideario libertario y anarquizante, pasaron a constituir una especie de mafia financiada mediante el tráfico de armas, obligada al asesinato y a toda clase de negocios ilegales conchabada con el corrupto sheriff del pueblo. Clay Morrow (Ron Perlman, cómo se parece a Tom Waits), también un fundador, amigo del padre de Jax y casado con la madre de éste y ex-esposa de su amigo, Gemma (Katey Sagal,

Desde hace mucho pienso que el gran tema de la ficción americana, con sus variantes y subtemas, es la familia. Supongo que en todas partes será parecido, pero debido a la ubicuidad de la producción cultural estadounidense no hay sociedad que haya mostrado más las miserias de la familia, lo mal entendida y poco evangélica que es la idea de familia al modo yanqui y, en fin, la fuente interminable de infelicidad y amargura que supone. Entiendo el género mafia/bandas/hermandades etc. como un subtema de “familia”. En cualquier película de ese tipo, empezando por El Padrino, se muestra la espantosa constricción a la que tales familias someten a sus miembros, mucho peor que la que pudieron soñar nunca los puritanos fundadores de la nación. Conceptos como fidelidad y deuda son causa de las mayores atrocidades. Se invoca siempre la seguridad como motivo mayor por el que entrar en una de tales organizaciones, seguridad frente a la impersonalidad del sistema; en efecto, en el seno de tales bandas todo se hace de manera personal y “familiar”, incluso las más grandes inhumanidades. La renuncia de Jax a formar parte de ese engranaje hará que entre en conflicto con los elementos más “ultra” de los SoA.

“Error paralelo frecuente en toda clase de narrativa, producto asimismo de la fuerza de la inercia: considerar la vida como cristalización de momentos decisivos más que como un proceso, error que, en el plano de la creación, lleva a centrar el relato en un argumento articulado como un organismo, a encuadrar el ambiente en que se desarrolla igual que si se tratara de una fotografía, a ceñirse al tiempo que la realidad exigiría de los hechos relatados más que al exigido por su expresión literaria propiamente dicha, a aislar, a abstraer, a olvidar que junto a una cosa hay siempre otra, y otra contrapuesta y otra colateral y otra anterior que la contradice y niega, que la altera y confunde hasta el punto de obligarnos a considerar la hipótesis inicial, la cuestión de si es realmente la estructura un instante del proceso o es el proceso una mera línea de la estructura.” LUIS GOYTISOLO, Antagonía 2: Los verdes de mayo hasta el mar.